Todo el pueblo
continuó en la recepción, pero el detective Seth Bauwens condujo hacia el norte,
cerca de los límites del pueblo. El cuervo volaba sobre su automóvil como un
acompañante silencioso. Aparcó junto al Audi de Caín, frente a una casa aislada
entre pinos, cipreses, nogales y manzanos; miró al cuervo que se había posado
sobre la barandilla de madera del porche y entró sin golpear. Caín, Milo y
Jonás lo estaban esperando en la austera sala.
—Creo que
tendremos un nuevo habitante en Lichtport —les dijo.
—Mía Gentile,
la hija de Daniel —anticipó Jonás, con su voz ronca y gastada—. Milo me ha
dicho que parece agradable, pero que todos han percibido algo inusual en ella,
¿cierto?
—Pues sus
emociones son demasiado confusas y solo percibo imágenes erráticas —confesó el
detective—. Debemos ser cautelosos. Su contacto con su padre ha sido escaso
todos estos años y no sabemos cuánto sabe de nosotros.
—Para eso estás
tú aquí, Seth. Si hay algo extraño en ella, lo sabrás antes que nadie.
—La chica no
causará problemas. Solo está angustiada, eso es todo —interrumpió Caín con tono
seguro y relajado—. En unos días volverá a su casa. Por lo tanto, no veo razón
para alarmarnos.
—Es cuestión
de precaución, lo sabes muy bien —le dijo Seth.
—Entonces,
les rogaría que vayamos al grano. Tengo una reunión en media hora.
Milo giró su
cabeza para lanzarle una de sus punzantes miradas a Caín y, con lo que resultó
ser un evidente sarcasmo, le dijo:
—El mundo de
los negocios te tiene muy ocupado.











